Parte II
EL CRISTO IMAGEN
Muy útil sería en el trabajo catequístico de la Iglesia en tierras americanas el Cristo imagen que tan prominente era ya en la religión de los colonizadores. Era mucho más fácil mostrar una imagen que explicar un dogma; hacer un cambio de imágenes europeas por los ídolos autóctonos que arrancar de cuajo ideas religiosas que eran producto de siglos. Tampoco era difícil americanizar la imagen del Cristo, El sincretismo religioso se expresaría también en esculturas y pinturas de un Jesús que retiene sus facciones extranjeras pero en color moreno. Hay muchos cristos mestizos, y aun negros, en nuestra América hispana. Aquí también el Cristo se volvería piedra y madera, lienzo y estampa -obra de arte a veces magnífico- escultura y pintura en la gloria de los altares, en el rincón hogareño, en la celda monacal, en el cruce de los caminos, en la cresta de las montañas. El Cristo imagen habría de proyectar su sombra a lo largo de todo un continente.
Esta figura del Cristo se hizo familiar en campos y ciudades, y al fin despertó en la gente hondas simpatías. Después de todo el Cristo es un niño en los brazos protectores de su madre, inofensivo y dulce como todos los niños. ¿Cómo puede El ser un déspota o un tirano? Si no es capaz de liberar a la raza de sus ominosas cadenas tampoco puede culpársele de haberlas forjado Él con sus débiles e infantiles manos.
Es el niño que no puede hablar. Su balbuceo es apenas comprendido por María, quien lo sostiene y le cuida. No puede el niño Dios reprocharle a los amos blancos su abuso de poder, su ilimitada codicia y lascivia, sus tremendas injusticias contra el pueblo humillado y vencido, Carece del don maravilloso de la palabra. Es inofensivo tanto para los poderosos como para los débiles y pequeños. Nada puede hacer contra el pecado de los unos y los otros. Es sólo la imagen de un niño que permanece sonriendo, indiferente a la enorme tragedia que ocurre en su derredor. Se está forjando bajo signos despóticos una raza, un nuevo mundo, y este niño Jesús no dice nada.
El indígena niño, subyugado por el patrón blanco, tratado como un niño por sus conquistadores, se identifica consciente o inconscientemente con el Jesús niño y corre a refugiarse en los brazos de la madre bondadosa. Así la veneración a María lleg6 a tener más importancia en nuestra América que el culto a Cristo. Las almas oprimidas buscan a la madre, María, no a su hijo Jesús.
Otra imagen favorita ha sido la del Cristo sufriente. En general, el catolicismo hispanoamericano se ha caracterizado especialmente por la presencia del Nazareno que sufre, agoniza y muere. La cristianización de estas tierras fue una siembra abundante de la cruz. Por este signo venció España en la conciencia de sus nuevos súbditos. Era la religión del crucifijo, del Cristo que muere en impotencia clavado al madero de ignominia. La apoteosis de esta religión se efectúa el Viernes Santo, no el Domingo de Resurrección. Por supuesto, el dogma afirma que el crucificado se levantó al tercer día de entre los muertos; pero el dogma no parece llegar a las masas. Lo que ellas contemplan es al Cristo prisionero, azotado, coronado de espinas, clavado en la cruz, encerrado en su urna funeraria: su aposento de todo el año, de todos los años, de siglos y siglos.
El Cristo imagen está derrotado; la raza autóctona huye llena de pavor; la nueva raza, la de las dos sangres, la de los dos mundos, nació vencida. Hispanoamérica no sólo ha llorado con Cristo; ha llorado por El. Y más por El que con El. Sus palabras pronunciadas en la vía dolorosa se han echado al olvido: "Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad por vosotras y por vuestros hijos". Sin embargo, y aunque parezca contradictorio, al Cristo imagen se le piden favores. Se le compadece y se le teme. Inspira lástima y fe. En grandes emergencias es posible acudir a El, y mucho mejor si la petición se eleva a una de sus imágenes más milagrosas. En su novela El Señor Presidente, Miguel Ángel Asturias pinta a lo vivo la fe de las masas latinoamericanas en el Cristo imagen cuando pone en los labios de una pobre mujer las siguientes palabras:
“A usté es al que yo siento. Debía pasar a pedirle a Jesús de la Merced. ¿Quién quita le hace el milagro? Ya esta mañana, antes de irme a la penitenciaría, fui a prenderle una su candela y a decirle: ¡Mirá, negrito! aquí vengo con vos, que por algo sos tata de todos nosotros y me tenés que oír: en tu mano está que esa niña no se muera; así se lo pedí a la Virgen antes de levantarme y ahora paso a molestarte por la misma necesidad; te dejo esta candela en intención y me voy confiada en tu poder; aunque dia-cún rato pienso pasar otra vez a recordarte mi súplica”
La oración de esta mujer no podía ser más sincera, ni su confianza más grande. Así reza nuestro pueblo; así ha rezado por siglos ante el Cristo crucificado, muerto y sepultado.
EL CRISTO DE LAS MINORÍAS
El Cristo desconocido por las masas no ha sido mejor comprendido por las minorías de nuestro continente. No pocos ricos y poderosos han hallado muy cómodo creer en el Cristo imagen que sufre pacientemente su calvario y guarda profundo silencio ante el dolor de las masas paupérrimas que le rodean. Durante casi cuatrocientos años sus labios han estado sellados sin pronunciar la palabra que el pueblo espera.
Es bastante fácil tolerar a Jesús Nazareno que no irrita a sus adoradores señalándoles sus pecados, que no despierta las conciencias encallecidas en el ejercicio del mal. Basta con arrojarle una limosna de cuando en cuando y llevarlo en hombros una vez al año en presencia de las almas devotas. El es el Cristo de la cruz y del sepulcro, amurallado en el templo, encerrado en urnas de cristal, reducido a la impotencia en la seguridad del claustro. El no va a la intimidad de los hogares, ni se interesa en negocios ajenos. Su mundo es la paz sepulcral de los santuarios, de donde raras veces sale para ser admirado, compadecido y llorado por las multitudes.
En círculos intelectuales el Cristo se vuelve fácilmente un símbolo o una figura retórica. Se le observa desde diferentes ángulos y se le presenta como un caudillo espiritual, maestro o filósofo, reformador social, o como un pobre visionario que equivocó el camino en su afán sincero de liberar al hombre. Algunos lo respetan y admiran; otros pasan frente a El con altiva indiferencia. Estos le prodigan mil elogios y aquellos se burlan de El. Muchos le toleran con gesto de paternal solicitud. Le tienen lástima porque le ven, como diría Rubén Darío, yendo aún por las calles “flaco y enclenque". Es para ellos el Cristo que según Amado Nervo llama en vano a las puertas buscando un sitio donde reposar: Cristo, la ciencia moderna te arroja sin compasión de todas partes. ¡No tienes donde residir, Señor! (Hospitalidad)
No ha faltado quienes le nieguen al Cristo la realidad de su existencia. No andan ellos, por lo tanto, en busca del Jesús histórico. Para otros, El podrá pertenecer al pasado, pero no al presente, ni mucho menos al futuro. Creen vivir en una era pos cristiana, y no ven en Cristo la respuesta para la angustia del hombre contemporáneo.
Continuará en la Parte III

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