Introducción
A todos nos gusta obtener beneficios rápidos e instantáneos. Si vamos a
otro sitio o lugar, buscamos la manera de encontrar un atajo o un camino corto.
Años atrás, de Chiapas a México, D.F. se hacían 17 horas de viaje. Hoy, gracias
a buenas autopistas, esa distancia se ha reducido a 15 horas de camino, lo cual
ha producido beneplácito a los viajeros. Antes la comida tardaba mucho en ser
preparada. Los rollos fotográficos tardaban más tiempo en ser revelados y en
ser impresos. Hoy, los hornos microondas y las grandes máquinas reveladoras e
impresoras nos ahorran mucho tiempo.
Nuestra sociedad está orientada a lo cómodo, a lo de fácil y rápida
obtención. Queremos obtener más por menos esfuerzo. En la administración de
empresas la "reingeniería" intenta producir más con menos empleados y
en menos tiempo. Esta filosofía se extiende a varias facetas de la vida. Lo
triste es que se ha permitido que irrumpa en la vida cristiana y esté
ofreciendo una espiritualidad instantánea a todos aquellos que quieran tomar un
"atajo espiritual".
Con el fin de no ser engañados al respecto, y tener una base firme en la
búsqueda de la "verdadera espiritualidad", veremos tres enseñanzas de
las Escrituras acerca de la misma.
I. La verdadera
espiritualidad no consiste en poseer dones espirituales espectaculares ni en
tener experiencias místicas.
La espiritualidad no es sinónimo de poseer y ejercitar
dones espectaculares (1 Corintios 1:5-7; 3:1-4). Es muy común igualar la
espiritualidad a la posesión y al ejercicio de dones espirituales
espectaculares, enseñando y creyendo así que la persona que tiene más dones
espirituales o los más espectaculares, es la más espiritual. Sin embargo la
Biblia no enseña esto. Pablo, en su primera carta a los corintios les dice en
1:5 que ellos "habían sido enriquecidos en todas las cosas", y en 1:7
les recalca que "nada les faltaba en ningún don". La frase "nada
os falta" (gr. mh ustereisqai), puede traducirse también como de
"nada carecéis", "de nada estáis privados", "de nada
pasáis necesidad". La de Corinto era pues una iglesia muy favorecida en
carismas o dones. Lo más lógico sería esperar que una iglesia tan rica en dones
espirituales, y que había sido fundada por el mismo apóstol Pablo, sería una
iglesia con una alta y verdadera espiritualidad. Sin embargo, no era así, sino
mas bien lo contrario.
En el 3:1-4 de la misma carta, Pablo les dice que
"no les podía hablar como a espirituales sino como a carnales". El
calificativo "carnal" (gr. sarkikoi), aquí tiene la connotación de
alguien que está dominado por la carne, o sea, la naturaleza pecaminosa
heredada de Adán. Este adjetivo griego conlleva un significado ético, con
propensión al pecado. Señala la tendencia a satisfacer los deseos pecaminosos.
Ser carnal, es pues, lo contrario a ser "espiritual", lo cual
significa ser dirigido y guiado por el Espíritu de Dios. Los corintios, con
todo y que eran ricos en dones espirituales, tenían una conducta dominada y
regida por la carne, en lugar del Espíritu Santo. Esto era la causa de todos
los problemas que se suscitan y se desarrollan a lo largo de la carta. Una
palabra de advertencia y aplicación, hermanos: Los dones espirituales no fueron
dados a los creyentes para cambiar su carácter, sino para hacerlos mas útiles y
eficientes en el ministerio dentro del cuerpo de Cristo.
Tampoco la verdadera espiritualidad es algo que se
adquiera a través de experiencias místicas (1 Corintios 14:33, 40).
Por muy fantásticas e impresionantes que sean las
experiencias místicas o extáticas que se tengan, nunca van a proporcionar
espiritualidad en la vida de quienes las experimenten. Una vez más la iglesia
de Corinto nos sirve de ejemplo. Ellos tenían cultos y una liturgia
verdaderamente rebosantes. El gozo y las manifestaciones místicas eran
exuberantes. Tanto en lo individual como en lo congregacional los corintios
eran dados al éxtasis, al grado que Pablo tiene que decirles que "Dios no
es un Dios de confusión o tumulto, sino de paz" (14:33) la palabra griega
(akatastasiaV) puede traducirse también como "conmoción, confusión,
tumulto, agitación o desorden", pero su verdadero significado viene de su
composición, la cual literalmente comunica el sentido de "algo que le
falta estabilidad, algo carente de firmeza, algo que no tiene que
quietud". Este sustantivo griego es el que se usa como adjetivo en
Santiago 1:8 para describir al hombre que es inconstante. Los cultos de los
corintios, eran pues, faltos de estabilidad y firmeza, por lo que terminaban en
confusión y desorden. Al igual que ellos, hoy muchas iglesias y creyentes
quieren alcanzar un nivel alto de espiritualidad con experiencias tenidas de
culto en culto.
Para tal efecto
manipulan el ambiente congregacional, generando así un ambiente que propicia
las experiencias místicas. Tristemente, mucho de la religiosidad actual tiende
a ser más "corintianismo" que cristianismo. Corinto es para ellos el
modelo a seguir y el estándar a alcanzar. Sin embargo, es bueno aclarar a estas
alturas, que la espiritualidad no es un fin, sino un medio para lograr el fin
por el cual Dios nos ha salvado: Anunciar las virtudes de aquel que nos llamó
de las tinieblas a su luz admirable.
II. La verdadera
espiritualidad es un estilo de vida santo y piadoso
La verdadera espiritualidad tiene connotaciones
morales (Gálatas 5:19-21). Las obras que produce la carne, es decir, la
naturaleza carnal heredada de Adán, son noscivas, inmorales y destructivas
(leer los versículos). Estas prácticas caracterizan a alguien que está dominado
por la carne y por lo consiguiente no es heredero del reino de Dios. De este
estilo de vida es precisamente de donde nos rescató el Señor. Todos nosotros
somos ejemplos vivos del cambio que Dios operó, transformando nuestra manera de
vivir, de un estilo egocéntrico y buscador de deleites, a otro que vive de una
manera agradable ante sus ojos.
Como puede apreciarse, la verdadera espiritualidad
abarca un área mucho más amplia que simplemente los cultos realizados en el
lugar de reunión. La verdadera espiritualidad tiene connotaciones morales, ya
que involucra apartarse de las viejas prácticas que antes nos caracterizaban y
en las cuales nos regocijábamos.
La verdadera espiritualidad consiste en manifestar el
fruto del Espíritu Santo en el diario vivir (Gálatas 5:22, 23). Cuando uno
recibe a Cristo, entre otras bendiciones, viene ser templo del Espíritu Santo,
el cual mora permanentemente en uno. El Espíritu de Dios tiene el calificativo
"Santo" no sólo porque es Santo, sino también porque lo que toca o
habita lo hace santo, incluido el creyente. De ser completamente caracterizado
por las obras de la carne, ahora el creyente viene a demostrar en su conducta
diaria el fruto del Espíritu.
Una simple mirada a estas nueve manifestaciones del
fruto del Espíritu nos deja ver que lo que Él produce es precisamente un
carácter similar al de Jesucristo. Un carácter así nos permitirá tener buenas
relaciones interpersonales con todo tipo de personas, dar un testimonio
impactante ante los incrédulos de la obra que Dios hace en la vida de uno que
ha recibido a Cristo como su Salvador, y sobre todo, agradar a Dios en todo lo
que hagamos, digamos o seamos.
Biológicamente hablando, un fruto es el resultado de
un proceso de "fructificación" en el cual esa estructura se va
formando paulatinamente en la planta, al irse alimentando de la rica savia que
las raíces absorben del suelo. De igual manera un carácter así es la
consecuencia lógica de una vida que está enraizada en Dios, revelando de una
manera sobrenatural el ramillete de características que provienen del Espíritu
Santo. Es, pues, el fruto (gr. karpoV) del Espíritu Santo, y no los dones lo
que demuestra una verdadera espiritualidad en la vida del creyente en Cristo.
El fruto tiene que ver con nuestra manera de ser y los dones con nuestro
ministerio dentro de la iglesia. Es posible ser muy activo en la iglesia, y sin
embargo tener un estilo de vida inmoral, y por ende un testimonio, que eche por
el suelo todo lo que hagamos o digamos. El deseo de Dios es que demostremos una
verdadera espiritualidad en nuestro diario vivir y en todas nuestras relaciones
personales. Ya en el Antiguo Testamento se veía claramente que para agradar a
Yahweh no bastaba con ofrecer actos cúlticos, sino que era necesario llevar una
conducta moral correcta. La voluntad de
Yahweh no estaba representada en
términos de actos cúlticos, como las naciones paganas vecinas, sino en términos
de conducta moral.
III. La verdadera
espiritualidad se logra a través de un proceso
Es un proceso constante que
requiere la sumisión del creyente al Espíritu Santo (Efesios 5:18). La
verdadera espiritualidad se alcanza dejándose guiar y controlar por el Espíritu
Santo. Cuando Pablo dice "sed llenos del Espíritu Santo", lo hace a
manera de imperativo, no de sugerencia. Si analizamos gramaticalmente esta
oración, nos damos cuenta que está escrita en modo imperativo, voz pasiva y en
tiempo presente continuo (gr. plhrousqe). La voz pasiva enseña que ser lleno
del Espíritu Santo no es algo que uno haga por sí mismo sin la intervención de Dios.
Más bien consiste en dejarse llenar por El. El es el agente que realiza la
acción y el creyente en Cristo quien la recibe. Por otro lado, recordemos que
el Espíritu Santo es una persona, no un objeto. Así que, dejarse llenar por el
Espíritu Santo no es otra cosa más que dejarse "controlar" y
"guiar" por El. Además, el tiempo presente continuo indica que es una
orden que no sólo debe hacerse una vez y ya, como pretendiendo haber alcanzado
el tope máximo de espiritualidad, sino dejarse controlar y guiar constante y
continuamente por El. Por consiguiente, éste es un proceso que dura toda la
vida del creyente. Es un permanente dejarse controlar por el E. Santo de Dios.
Esto se reflejará en el ambiente del hogar, del
trabajo, de los estudios y en toda relación que tengamos. Si estamos dejando
que el Espíritu Santo nos guíe y controle, los efectos se evidenciarán en
nuestra manera de vivir.
Requiere esfuerzo y disciplina de parte del creyente
(1 Timoteo 4:7,8). Si bien la verdadera espiritualidad es algo que Dios produce
en la vida del creyente, éste también participa en el proceso. El Espíritu
Santo es quien santifica el carácter y la vida entera del creyente. Sin
embargo, Pablo le confiere bastante responsabilidad al creyente. Cuando Pablo
escribe su primera carta pastoral a Timoteo, le dice "Ejercítate a ti
mismo para la piedad" (gr. gumnaze). La construcción gramatical de la
oración es así: modo imperativo, voz activa, tiempo presente pero seguida de un
pronombre reflexivo (gr. seauton) que hace que la acción de ejercitar recaiga
en el mismo que la hace y no en otra persona. Este también es un imperativo
para el creyente. Es una orden que se le da tajantemente a Timoteo, y con él a
todo creyente. Nadie puede hacerlo por otra persona; es algo que cada creyente
debe hacer por sí mismo. El imperativo unido al tiempo presente indica que era
una acción que Timoteo ya estaba haciendo y que debía seguir haciendo, no algo
que debiera empezar. Una traducción más literal diría: "Sigue
ejercitándote a ti mismo". El verbo "ejercitarse" se deriva de
una palabra que significa "desnudo", y de ella se provienen nuestras
palabras "gimnasia" y "gimnasio". Esta palabra tiene un
rico significado de esfuerzo, disciplina y dedicación. En las antiguas
competencias atléticas griegas los participantes competían desnudos, sin ropas,
para no tener ninguna carga o estorbo. Por lo consiguiente, la palabra
"ejercítate" tenía originalmente el sentido literal de
"ejercítate desnudo". En otras palabras, Pablo está pidiendo que
pongamos nuestro mayor "esfuerzo espiritual". De la manera que los
atletas se liberaban de todo y competían "desnudos", así debemos
despojarnos de todo peso de pecado que nos asedie e impida correr con paciencia
la carrera que tenemos por delante. Todo mal hábito, toda mala compañía, toda
inclinación que nos estorbe en el proceso de ser cristianos verdaderamente
espirituales, debe ser dejado a un lado. Sin embargo, para ejercitarse no sólo
es necesario desprenderse de algo y correr "desnudos" sin el peso del
pecado que nos asedia. Antes de ejercitarnos es necesario alimentarnos. Por eso
Pablo dice a Timoteo que como buen ministro de Jesucristo, debe estar nutrido
(gr, entrefomenoV). Este es un participio que también significa
"abastecido, alimentado". Pero, ¿Alimentado de qué? El mismo
versículo 6 lo dice: alimentado de las palabras de la fe y de la buena
doctrina, no de las experiencias extáticas. Por último, Timoteo debía seguir
ejercitándose para la piedad (gr. eusebeian). Esta es una palabra griega
compuesta, cuyo significado literal es: "Reverencia o devoción bien
dirigida". Sin embargo, cuando se aplica a la vida cristiana, denota una
vida que es aceptable a Cristo, quien lo ha salvado. Es tanto una actitud como
una manera de vida.
Piedad, espiritualidad y santidad es algo que se
alcanza sólo con un profundo esfuerzo de parte del creyente y con una continua
dependencia del Espíritu Santo.
En esta ocasión hemos aprendido de Pablo que: La
verdadera espiritualidad no es tener dones espectaculares ni experimentar
éxtasis, sino tener un estilo de vida santo y piadoso que sólo alcanzaremos a
través de un proceso disciplinado en toda nuestra vida.
Conclusión
Concluyendo diremos que: La verdadera espiritualidad es
un estilo de
vida moral, piadosa e irreprensible que refleja el fruto del Espíritu Santo, es
decir, el carácter de Cristo. La verdadera espiritualidad no se
alcanza instantáneamente ni por experiencias extáticas, sino por un proceso diligente y disciplinado de practicar los
hábitos cristianos.
¡No aceptemos una espiritualidad instantánea falsa! ¡Esforcémonos por
ser "verdaderamente" espirituales!
Sermón elaborado y predicado por Floriano Ramos
Esponda
En el Seminario Teológico Centroamericano
Cd. de Guatemala, C.A.