La visión evolucionista de que la vida puede evolucionar
hacia niveles más «altos», alimenta las actitudes racistas. La Biblia, por el otro lado,
muestra claramente la falacia del racismo. El incremento de la difusión de la
doctrina evolucionista tiene mucho que contestar, en relación al modo en que
las personas se tratan unas a otras.
Lamentablemente, las personas raramente reconocen que los
prejuicios que lentamente se han enraizado en sus mentes, a menudo han sido el
resultado – directa o indirectamente – del pensamiento evolucionista.
Una de las evidencias más frecuentes de la falta de
humanidad del hombre hacia el hombre es el racismo. Expresado simplemente, el
racismo es el prejuicio contra personas de otras «razas»1, solamente por ese
motivo. Reglas estereotipadas son aplicadas para rebajar individuos,
fundamentadas en su trasfondo cultural, piel, color, apariencia o acento.
La mayoría de las veces, estas reglas permiten una
infundada presunción de superioridad sobre tal individuo, que a la vez
justifican cualquier sentimiento de desdén o indiferencia hacia ellos. En
realidad, esta actitud está basada en miedo, ignorancia e incomprensión. Las
manifestaciones del racismo pueden ser flagrantes, tales como las perpetradas
por el Ku Klux Klan o la opresión del «apartheid» o también pueden ser tan
simples como relatar anécdotas degradantes o teniendo una actitud fría de
indiferencia.
Como resultado del pensamiento evolucionista, muchos en
la sociedad occidental son incapaces de experimentar alguna simpatía por los
niños hambrientos de las naciones pobres del Tercer Mundo. Por razones que
nunca podrán justificar, ellos creen que la «vida», de algún modo, tiene menos
significado para estos extranjeros con color de piel y facciones diferentes. ¡Aunque
parezca increíble he oído este tipo de comentarios de personas «cultas»!
Esta actitud desconsiderada es comprensible si las
personas aceptan la idea de la «supervivencia del más apto», de que las reglas
del mundo animal se deben aplicar a los humanos «porque todos hemos
evolucionado de los animales».
Ni el racismo – ni la idea de la evolución – comenzaron
con Darwin. Ambas son manifestaciones de un pensamiento fundado en una base no
bíblica. No obstante, los escritos de Darwin alimentaron la idea del racismo,
proveyéndole una justificación «científica».
La
Biblia,
por supuesto, enseña en el primer capítulo de Génesis que Dios creó los cielos
y la tierra, y toda la vida sobre ella. No hay evidencia que demuestre que la
existencia del hombre ocurrió de otra manera. La teoría de la evolución está
basada en suposiciones y falta de información.
Si creemos la
Biblia, toda la
Biblia, entonces está claro que todas las personas fueron
creadas por Dios. «Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra,
y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente» (Génesis
2:7).
Hechos 17:26 dice: «Y (Dios) de una sangre [p.ej. de un
ancestro original, Adán y su mujer Eva] ha hecho todo el linaje de los hombres,
para que habiten sobre toda la faz de la tierra...». ¡Esto significa que todos
somos parientes!
El origen de las distintas «razas» de la tierra (la Biblia no usa ese término,
sino que las llama tribus y naciones) ha causado durante mucho tiempo una
confusión innecesaria, tanto en cristianos como en no cristianos. La verdad es
sorprendentemente simple.
Hoy, la mayoría de los evolucionistas no discutirían el
concepto bíblico creacionista de que todas las «razas» provienen de la misma
población original (no estarían de acuerdo en que eran sólo dos individuos),
aunque ese no es siempre el caso. Los evolucionistas enseñan que estos grupos
«evolucionaron» independientemente unos de otros, separados por muchos miles de
años. Los evolucionistas sostienen que este lapso de tiempo es el necesario
para explicar el desarrollo de las diferencias físicas entre las «razas».
Este concepto engañoso da nacimiento a la idea de que
algunas «razas» se han desarrollado mejor y han llegado a ser más
«sofisticadas» más rápido que otras, llegando a la conclusión final (a menudo
subconscientemente) de que determinadas «razas» son superiores a otras.
El «Libro de las Respuestas», de Ken Ham, Andrew Suelling
y Carl Wieland, ofrece una explicación clara y concisa de cómo las diferentes
«razas» se han desarrollado después de la confusión de las lenguas y la
dispersión de la población en Babel (registrada en Génesis 11:1-9). El libro
brinda evidencia científica lógica de que la humanidad desciende de Noé y su
familia (y antes de esto, de Adán y Eva).
Este libro explica cómo la dispersión, implicando la
división del grupo grande en muchos grupos pequeños (uniendo a los miembros que
hablaban el mismo idioma), donde los individuos sólo se reproducían dentro del
mismo grupo, aseguraba que la población resultante tuviera diferentes mezclas
de genes, creando características físicas distintivas.
Adán y Eva, creados perfectos, hubieran tenido la
información genética que le permitiera a sus vástagos, a su descendencia, tener
las diferentes combinaciones de piel, cabellos y color de ojos existentes hoy
en el mundo.2
La población actual desciende de Noé y su familia,
después del diluvio, por lo que la cantidad de genes disponibles probablemente
fuera levemente menor que aquellas de Adán y Eva.
Así, la dispersión aseguraba que, dentro de un corto
tiempo, ciertas diferencias fijas, permanentes3, se volviesen visibles en
algunos de los grupos pequeños, que después llamaríamos «razas»4 separadas.
En el libro de los Romanos se nos dice que todos los
hombres nacen iguales: «...por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la
gloria de Dios...» (Romanos 3:23), pero la muerte y resurrección de Jesucristo
nos dio la posibilidad de la redención y salvación: «Porque de tal manera amó
Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel (sin
importar a qué tribu o «raza» pertenezca) que en él cree, no se pierda, más
tenga vida eterna» (Juan 3:16). Entre los creyentes: «Ya no hay judío ni
griego; no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer; porque todos vosotros
sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3:28).
A la luz de la
Palabra de Dios, no hay justificación para fomentar o
perdonar el racismo.
Paula Weston